Mapa de la ruta 7, que seguimos desde Rateče a la cumbre
Una de las excursiones que más me gusto del reciente viaje a Eslovenia fue la pequeña ascensión al monte Horno, la cumbre donde se encuentran Austria, Italia y Eslovenia. Las fronteras son las líneas que separan y donde se encuentran los países, así que es un criterio estilístico utilizar uno u otro verbo. Yo diría que hoy la cima del monte es más bien un lugar de encuentro de montañeros, domingueros y excursionistas varios, aunque en otra época de la historia aquel famoso “telón de acero” hubiera atravesado la cima.
Voy a llamarlo monte Horno aunque nadie lo haya llamado así. Es el Monte Forno en italiano y Ofen en alemán. Peč se llama en esloveno y las tres palabras son la misma cosa: Horno.
No sé hasta que punto es justo utilizar un nombre y no otro, si la montaña pertenece a los tres países. Los eslovenos también utilizan Tromeja: la triple frontera, que en alemán es el Dreiländereck: rincón de los tres países.
Para iniciar el ascenso nos acercamos desde nuestra base de Zgornja Radovna a Rateče, donde ya habíamos estado antes. Aparcamos en la plaza e iniciamos un ascenso bastante lineal en el que no hay demasiadas oportunidades de perderse.
Rateče es un pueblo que no tiene el rango de municipio. Pertenece a Kranjska Gora, y tiene unos 600 habitantes que viven de la ganadería y el turismo. Hay un par de iglesias y un pequeño supermercado cerca de la plaza. Su entrada es poco aparente y casi parece una casa particular. Allí nos aprovisionamos de salchichas y plátanos para la subida.
El letrero que hay en la plaza señala 2 horas para llegar arriba. A nosotros nos costó hora y media en pleno mediodía. Es de suponer que en otras épocas del año, la dificultad será la nieve, ya que estos paisajes pasan entre cuatro y cinco meses del año cubiertos de un manto lilial. La mayor parte de las veces, estos cálculos son algo conservadores, y supongo que esa aproximación a la información es la correcta.
La ventaja para el senderista es que la mayor parte del camino va por arbolado. Es un zigzag que entra y sale del bosque en cada curva hacia la derecha, por lo que a lo largo del ascenso cada vez uno va teniendo una mejor vista de los Alpes Julianos.
Antes de llegar al bosque hay un par de ocasiones en las que uno puede errar el camino: una son los dos desvíos que hay a Dom Tromeja, que es un caserío en el que se puede parar para tomar un refrigerio, pero por el cual no es necesario pasar para llegar a la cumbre, a pesar de que comparta el nombre con la misma. La otra sería tomar la pista forestal Daljša Pot (“Camino largo”), en lugar de Krajša Pot (“Camino corto”), el camino que sube directamente a la cumbre. La Daljša Pot también acaba conduciendo a la cima de Tromeja, pero es un camino más largo, aunque menos empinado, y con peores vistas.
El monte Horno no forma parte de los Alpes Julianos, sino de otra cordillera menor, el Karavanke. Tras varias curvas uno ve primero la antena y varios bancos para descansar observando el paisaje. Más tarde se ve una cabaña y otro par de monumentos conmemorativos: un monumento a la paz con una oración de estilo budista y otro más pequeño que alaba la cooperación entre los bomberos de la zona.
Saltando una pequeña valla se llega al trifinium, el punto en el que se unen o separan los tres países y quizá de modo más importante, las tres grandes familias lingüísticas de Europa: la romance, la germánica y la eslava. El monumento fue erigido en 1970 por los austriacos.
El trifinium es la ocasión para varias fotografías. La vista hacia el lado italiano no es especialmente buena, pero mirando hacia Austria se alcanzan a ver Klagenfurt (Celovec) y su lago Worthersee.
Un poco más abajo vimos una casa que es una estación con telesilla y decidimos acercarnos. El mapa indica que son 90 metros verticales de descenso, desde los 1510 a los 1420, y parece menos de un kilómetro.
Ecológicamente la zona está bien conservada. Los núcleos de población no son grandes y de hecho, he leído que hace dos siglos había más pastos y menos bosques que en la actualidad. Descendemos hacia el telesilla comparando la imponente y pétrea naturaleza de los Alpes Julianos con los montes austriacos de enfrente, algo más redondeados.
En general, el lado austríaco nos parece menos atractivo que el esloveno. Arnoldstein parece feo desde el aire, con su inmenso polígono industrial.
Normalmente nos habríamos quedado con la duda, pero al día siguiente, volviendo de Bled a Zgornja Radovna nos equivocamos y en lugar de salir en Jesenice hemos cruzado por el tunel al lado austríaco, antes de volver por el Wurzenpass/Korensko sedlo a territorio esloveno.
Las casas no son tan bonitas en el sur de Austria como en el norte de Eslovenia, donde parece que se ha mantenido mejor el estilo tradicional. También nos sorprendió que la carretera que lleva al Wurzenpass estuviera bastante peor en el lado austríaco que en el esloveno.
Una vez que llegamos al telesilla nos sentamos para descansar, y es una buena ocasión para repostar fuerzas. Pedimos zumo de manzana y unos dulces: Germknödel mit Mohn (Pasta rellena cubierta con semillas de amapola y miel de maple) y Apfelstrudel mit Vanillesosse (Strudel de manzana con salsa de vainlla). Yo me dediqué sobre todo al Germknödel, que me pareció delicioso.
Después paseamos por cerca de la estación, mirando hacia ambos lados del Karavanke. Es difícil ver el Triglav, porque aunque sea el monte más alto, está rodeado de varios que no son mucho menores, así que sólo es visible desde algunos puntos.
En un momento salté la pequeña valla que hace la frontera austro-eslovena. Aquí las fronteras no tienen mucho sentido. No sé si sería igual antes de que Eslovenia entrara en la Unión Europea en 2004.
En general resulta curioso tanto desinterés en una frontera por la que se luchó tanto y murieron tantos hace poco más de noventa años. Por cierto, hemos venido sin pasaportes ni ningún documento de identidad.
Después de desechar la idea de bajar en el telesilla, toca volver a subir al Dreiländereck. Es una pequeña subida que el calor hace más dura y el desinterés por la tierra ya conquistada, monótona. Se aprecia bien la línea de frontera, más que por la frágil valla por el hecho de que el lado esloveno de la cumbre esté tupidamente arbolado y el austríaco mucho menos. Supongo que la frontera sigue la línea divisoria de aguas. De todas formas es curioso que no sea una línea algo más recta. Hay algún capricho de la línea que me deja pensando.
La flora alpina es bastante diversa e interesante. Al parecer debido a las duras condiciones del clima, ninguna especie puede convertirse en dominante y esa es la causa de la diversidad.
Entre las flores que más me gustaron está la flor del Triglav y esos lupines que ya conocía de Nueva Zelanda, pero que aquí no son una plaga.
Además de por la belleza del paisaje y lo moderado del esfuerzo, me resultaba interesante venir aquí porque esta era mi primera vez en Austria. Un país que no había pisado y del que ahora apenas conozco una cafetería (la de la estación de telesilla) y el trozo de carretera que va entre el túnel y el Wurzenpass.
Tras volver a poner el pie en los tres países, iniciamos el descenso, que aunque castiga algo las rodillas, es siempre más agradable que la subida. Soy partidario de los recorridos circulares por aquello de ir viendo otras cosas, pero en esta ocasión no había más alternativa desandar el camino andado. Antes de salir paramos un poco para ver un relieve a escala de la zona y ubicar el Triglav a partir del mismo.
También, junto al monumento a la cooperación de los bomberos de los tres países, comentamos la importancia de su función en estas zonas de montaña, con tantas construcciones de madera. Desde el primer día en el noroeste de Eslovenia estuvimos viendo Gasilski Dom, que creíamos que tendrían que ver con el gas y no, son cuarteles de bomberos.
A la subida nos encontramos tan sólo con una tres o cuatro personas que bajaban y una familia de ingleses que subían en bicicleta, pero que perdimos porque suponemos que fueron por la pista forestal. Bajando no nos hemos cruzado con nadie. Hacía menos calor y hemos parado para mirar algunas flores y las cabañas de las planinas.
Después del regreso a Rateče hemos ido en coche al Wurzenpass-Korensko sedlo. No había ni policía ni aduaneros ni nada. Sólo una especie de venta a unos metros de la frontera, en el lado austríaco. Tenían una garita antigua y un pony, y detrás de la venta había un monumento de estilo moderno, es decir más bien feo, no sé si consagrado a la Guerra Fría o a qué exactamente.
Volviendo a Mojstrana todavía nos ha dado tiempo a tomar la otra carretera, la que conduce a la base del Triglav, para ver una cascada impresionante y después sí, ya hemos vuelto a Zgornja Radovna para cenar merecidamente.
He aquí un mapa interactivo de la zona:
Originalmente publicado en alfanje.wordpress.com.
Escrito por alfanje
Acerca de alfanje, quien escribió este artículo
alfanje es de origen español pero pasa la mayor parte de su tiempo en Hibernia. Para cortar con la monotonía de la lluvia busca a menudo el sol del oriente europeo. Una vez llegó a Eslovenia por casualidad, y dice que escribe para quedarse allí de algún modo.
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{ 1 comentario… léelo aquí abajodeja el tuyo }
me pareció excelente estoy por viajar en octubre si hay algún viaje programado avisen, chau