(Este ensayo, con traducción al esloveno de Mojca Medvedšek, fue publicado por la revista Literatura, de Liubliana, en su número de julio-agosto 2010. Aquí se reproduce en su totalidad con permiso del autor, y con el agregado de algunos hipervínculos adicionales)
1. ¿Quieres ser mi chambelán?1
Mientras crecía en el México de los años setenta, todavía era común que las familias con “aspiraciones de sociedad” celebraran los quince años de sus hijas en ceremonias pomposas orquestadas en extraños rituales austríacos, incluso bajo el sopor tropical del verano. Muecas incómodas y nerviosas eran moneda común entre las celebradas y el grupo de muchachos escogidos para fungir como chambelanes. El vestido se había mandado a hacer con tiempo de sobra y por lo general le sentaba fatal a la quinceañera, como le vendría a Sissy una noche de horror en la selva de Chiapas. Durante los ensayos, bajo las órdenes de alguna coreógrafa improvisada —que quizás había mostrado como currículo su vieja edición de Ana Karenina— los chambelanes, jovencitos aspirantes a Vronskys embutidos en incómodos y brillantes trajes rentados, se empujaban unos a otros inquietos, esperando con ansiedad el momento en que, sobre vapores de hielo seco y bajo la voz de un engolado maestro de ceremonias, tuvieran que salir a la pista con los primeros acordes de un vals vienés, inaugurando así la vida social de la “afortunada nueva señorita”.
Los peligros estéticos de la transculturación son innumerables. Por todo el mundo se encuentran ejemplos de lo poco agraciadas que resultan muchas veces las transposiciones culturales en medios que les son completamente ajenos. La tradición vienesa fin de siècle en la clase media emergente en el México del siglo XX es sólo uno de los ejemplos; otro es la salsa afroantillana en el corazón de la Europa del siglo XXI.
2. ¿Cuántos metros tiene?
Siempre que hablo con eslovenos sobre el departamento que he encontrado para vivir, me congelan con una pregunta básica: ¿cuántos metros tiene? Nunca lo sé. Es evidente que en Eslovenia, por lo menos en el mundo inmobiliario, size matters. En México a nadie se le ocurriría mencionar en primera instancia los metros cuadrado al describir un departamento; te dirán: “hay una terraza bellísima, llena de bugambilias”; “tiene un balcón divino, que da a un parque”; “está lleno de ventanas enormes con luz toda la tarde” (ojo, el tamaño importa, pero no se cuantifica). Quizás por ello los Estados Unidos nos arrebataron la mitad del territorio hace más de ciento cincuenta años: no sabíamos cuántos metros cuadrados tenían Texas ni California, sólo sabíamos que eran amplios y tenían vista al mar.
Hace un par de días hablaba con un conocido sobre mi pasión por la bicicleta durante la primavera y el verano liublianés. Le decía que paseaba por lo menos tres horas al día. De inmediato él me preguntó por mi rendimiento: ¿cuántos kilómetros recorres?. ¿Kilómetros?, no lo sé, le contesté. ¿Pero entonces?, él me miró consternado, luego se suavizó: ah, ya, entiendo, para ti la bicicleta no es lo importante. ¡Y cómo no va a ser importante!, le dije yo, ¡si voy montado en ella! De hecho, comienzo a quererla. Fui comprendiendo su incomodidad poco a poco. Entendí lo que estaba sucediendo. Mi nuevo amigo había llevado la academia al baile; había convertido un gozo en una disciplina. Y ustedes ¿han presenciado la salsa afroantillana en la Europa Central del siglo XXI?
3. El California Dancing Club
Antes de que una eterna crisis descendiera sobre el milagro económico mexicano, era común que casi todas las familias de clase media urbana tuvieran, bajo su techo, una o dos trabajadoras domésticas “de planta”, es decir, trabajadoras llegadas del campo sin contrato, ni seguro social, ni salario fijo, casi bajo un esquema de esclavitud.
Las muchachas —como se les llamaba entonces de común o “gatas” cuando se les quería bajar aún más su desfavorecida condición— procedían generalmente del campo y trabajaban hasta siete días a la semana —desde el amanecer, hasta que los patrones se cansaban de pedirles cosas, que sucedía cuando éstos por fin se dormían— en un mundo que les era absolutamente ajeno. Sólo tenían para ellas mismas las tardes de los domingos.
No era un secreto para nadie lo que hacían las “muchachas” aquellos domingos después del mediodía: “se van por ahí a dar rienda suelta a sus más bajas pasiones bailando su música tropical”, diría cualquier tía de la época con una extraña mezcla de asco y comprensión. Yo no les alcanzaba a ver sus más bajas pasiones, pero sí las veía salir de las casas de las diversas zonas residenciales y luego irse reuniendo en grupos en estacionamientos, en centros comerciales, en paradas de autobuses luciendo lustrosos vestidos que compraban en los mercados itinerantes de la ciudad. Adornadas en telas de poliéster verde limón, rosa mexicano, azul turquesa o azul cielo, las muchacha iban dejando a su paso moreno un aroma de encierro, de piel impoluta y crema teatrical2.
Uno de los sitios emblemáticos para los furtivos encuentros dominicales entre estas muchachas y su galanes fue y es “El California Dancing Club”, un gran salón de baile donde se programaban maratones tropicales y donde un ya mítico letrero les advertía a los caballeros “abstenerse de tirar sus cigarrillos en la pista para que no se quemen los pies las señoritas”.
Una buena cantidad de la población urbana del México contemporáneo fue concebida aquellas tardes de domingo, entre las pistas de baile y el regreso de las muchachas a sus palacios de encierro.
4. “Voy, por la vereda tropical… ”3
México es conocido en el mundo por su música de mariachi, pero ésta no se baila; se escucha, se goza y se sufre en mesas de cantina, en parques públicos o bajo la ventana de la mujer pretendida —muchas veces hasta que la voz y el tequila se terminan—. La letras hablan de desengaños, de reveses en el amor, de venganzas lubricadas con alcohol. Por eso en México tuvimos que adoptar a lo largo del siglo XX, y de forma urgente y terapéutica el tono afroantillano y la “cuba libre”, para celebrar la vida después de llorarla.
Con los primero acordes tropicales el mexicano siente que el mundo le vuelve a sonreír; por ello, ante cualquier circunstancia, cuando escuchamos una buena salsa, un buen mambo o un buen danzón, nos volteamos a ver entre nosotros, para cerciorarnos de que al otro le está sucediendo lo mismo: que volvemos a entender el cosmos con las articulaciones, con la piel, con la cintura; que hemos dejado de intentar leer al mundo con la pesada loza de la razón; las desgracias y los recibos de la luz tendrán que enfrentarse mañana o cualquier otro día; hoy nos jugaremos el equilibrio del espíritu —y por ello del mismísimo orden del universo— al ritmo del chachachá.
En México hay mucho desierto, mucha montaña templada, mucha sierra pelona; contra lo que se supone de común, gran parte del país no tiene nada que ver con lo que el mundo considera el trópico. El gusto por la música guapachosa nos viene de nuestra fértil y afortunada vecindad con nuestras costas y el universo del Caribe. Por oleadas nos fueron llegando el danzón, el chachachá, el mambo, la cumbia y la salsa, entre otro muchos ritmos —también nos llegó el bolero, que se convirtió en nuestra forma natural de articular el amor—. La tropicalidad, pues, la recibimos por contagio. Los grandes intérpretes de las diferentes corrientes musicales afroantillanas llegaban al país para enrolarse en la cinematografía nacional y para tocar en los pujantes centros nocturnos de la capital, bajo grandes palmeras de cartón. Junto a ellos llegaron las despampanantes “rumberas” (Ninón Sevilla, María Antonieta Pons, Tongolele) que con sus golpes de cintura, y sus caderas y muslos de dimensiones continentales hipnotizaron a toda una nación, que no tuvo otro remedio que entregarse a cantar convencida “en el mar, la vida es más sabrosa”4.
Al final, los ritmos tropicales, nunca del todo nativos, fueron convirtiéndose en “de la casa” a través de la incorporación de temas de la nueva vida urbana del país; orquestas y cantantes mexicanos se fueron infectando irremediablemente. El mambo era una epidemia. Pérez Prado fue el epicentro del contagio.
5. En busca del temperamento perdido
Al europeo promedio se le dificulta entender la cosmovisión tropical quizás porque, en su cultura, la fatalidad es sólo un personaje de las estadísticas. Un factor que se puede amortizar con ahorro y previsión (y una pizca de falta de memoria histórica). La desgracia, en cambio, es una visitante común de nuestros pueblos. Los huracanes, las inundaciones, los terremotos y otros desastres naturales como la política regional impiden una planeación a largo plazo. Si no es este año, quizás será el siguiente cuando se tenga que comenzar de cero otra vez. ¿Quedará algún cimiento, algún pilote, alguna estufa?; habrá que volver a levantar los pueblos, pero eso sí, no se hará sin son.
Llegué a Eslovenia ya sabiendo que no era Eslovaquia, que el territorio y su pueblo habían formado parte del Imperio Austro-Húngaro, del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos y de la Yugoslavia de Tito, de forma sucesiva. Que su lengua es su gran aglutinante espiritual. No mucho más. Sabía, por un viaje anterior, que estaba salpicada de hermosos parajes naturales y de pequeños pueblos entre una red de carreteras estrechas.
Eslovenia es, en muchos sentidos, el exacto opuesto de México, no sólo porque sus pobladores se suben a sus montañas en vez de darles la vuelta, sino, sobre todo, por su agradable falta de excesivos contrastes sociales. Quien no ha vivido rodeado de estos contrastes, no se puede imaginar lo reconfortante que es vivir sin ellos.
A mi llegada a la ciudad de Liubliana me sorprendió el gran interés por mi lengua materna y por mi cultura nativa. Los eslovenos interesados en Hispanoamérica son legión y muchos de ellos producen una curiosa palabra cuando son cuestionados sobre su especial interés: temperamento. ¿Tenemos un temperamento especial? Y si ellos no lo tienen ¿cuándo lo perdieron? ¿Lo piensan encontrar por contagio? ¿se puede adquirir temperamento, cómo se adquiere una filiación política?
Más de cuatro meses de invierno me prepararon para recibir con no poca alegría una invitación para ir a bailar salsa, pero lo que encontré esa noche me dejó helado. No me esperaba esa precisión en los pasos, esa destreza gimnástica, ese seguimiento absoluto de reglas que hasta ahora no podría articular; todo estaba ahí, menos lo que yo aquella noche estaba buscando. Pero, ¿qué estaba buscando? ¿Qué es lo que faltaba detrás de esas sonrisas y júbilo como grandes palmeras de cartón?
6. La rebelión de las masas o “hijo, no te juntes con esos muchachos”.
La música que marcó el siglo XX en el mundo occidental surgió de las poblaciones y los barrios marginales. La opresión, los contrastes sociales, el desencanto y la miseria acompañaron el nacimiento del tango, del blues, del jazz, de la guaracha. Estas nuevas formas musicales fueron siempre acompañadas de fenómenos sociales similares: surgían en la periferia y eran de inmediato calificadas de vulgares y pedestres por la “buena sociedad”. Sus normas, su estilo, sus matices se iban conformado entre los desfavorecidos, mientras los jóvenes más despiertos y rebeldes de las clases agraciadas comenzaban a infiltrarse en sus ámbitos. Al final, los nuevos medios masivos de comunicación terminarán por darles la gran plataforma para convertirse en la música de todo un pueblo.
Por lo general, para entonces, las nuevas formas musicales comienzan a anquilosarse. Se llenan de reglas, de grupos colegiados, de autoridades inapelables; comienzan a morir. Es casi una regla: una vez que la nueva música entra en las casas del privilegio, su corazón creativo casi ha dejado de latir. Ya es un producto facturable; pronto será una pieza de museo que se bailará en lugares ñoños y estériles. Mientras, en algún rincón de un barrio poco agraciado de una ciudad cualquiera, comienza a sonar un ritmo vulgar y poco recomendable para la preservación de las buenas costumbres. Ahí late la vida; ahí se está volviendo a arriesgar el espíritu.
7. Tristeza, por favor vete lejos5
En México, pocos creen en el matrimonio, pero todos adoran las bodas. Éstas son un termómetro fiel de la riqueza de nuestra desigual mezcla de culturas y nuestra afición por “mover el bote”. En su versión promedio, es decir, enlace urbano de clase media de los últimos 40 años, las bodas han tenido, además de la crema de champiñones en el menú, la inamovible presencia de una banda musical que lo toca todo. La recepción comienza con música fácil de digerir: baladas inocuas que acompañan los primeros intentos de comunidad. Luego, terminada la cena, se inicia un desfile de ritmos y tendencias que irán de la rumba al son, del mambo al chachachá, del danzón a la cumbia y entreverados entre estas descargas tropicales aparecerán los ritmos que suspendieron temporalmente el dominio tropical: el swing y el rocanrol.
Pero siempre llegaba un momento que definía la época: una emoción colectiva. En el ápice de las fiestas de los setentas la gran comunión se daba con música brasileña. La samba se convertía en el gran ungüento generacional: octogenarios y adolescentes probaban al mismo tiempo la resistencia de sus tobillos. En ese instante las corbatas se anudaban en la frente, las faldas se enrollaban alrededor de los muslos y las grandes enemistades se diluían en abrazos fraternos. Un paraíso efímero se instalaba sobre la pista de baile al ritmo de Sérgio Mendes y su Brasil 66.
8. La venganza de la polka
En estos días aciagos de guerra contra las drogas, la sociedad mexicana se encuentra sitiada en un mundo de violencia sin precedentes en el país. El precio que estamos pagando por encontrarnos situados entre la producción y el consumo de enervantes es muy alto. La música de Sérgio Mendes no genera más la comunión en los vértices de una celebración; un nuevo baile y un ritmo reelaborado marcan el patrón de nuestra angustia.
Desde los años ochentas una nube no-tropical se comenzó a cernir sobre el gusto musical de México. En el norte del país, grupos de música popular habían ido puliendo una mezcla de ritmos traídos al territorio por inmigrantes checos y alemanes desde el siglo XIX; la polka y la redova se fueron naturalizado junto al acordeón y se asentaron en el mundo rural y urbano del norte del país y el sur de los Estados Unidos, donde la música ranchera y luego el swing perfilaron su nuevo rostro.
Una nueva temática se volvió hegemónica en el repertorio de los grupos norteños para el final del siglo XX: la saga de narcotraficantes. Las historias de venganza, muerte y desamor entre quienes transportan y venden droga se volvieron el eje narrativo de la cultura popular. Muy pronto un baile comenzó a invadir todos los espacios públicos: un baile de pareja que es como un desavenido matrimonio entre la polka y la lambada. Sí, eso es, la quebradita es como una lambada que se baila bajo el efecto de anfetaminas a ritmo de polka y sobre un territorio salpicado de escorpiones.
9. El eterno no-retorno
“De pronto se puso a corregirme los pasos, ¿lo puedes creer?” Sí, lo podía creer. El que hablaba era un mocetón de Valencia con un litro de cerveza Laško entre las vísceras. Le había sucedido en una fiesta de salsa al aire libre en la ciudad de Liubliana. Quien le corregía era una eslovena de 19 años. “La tipa me decía ¡así no!, ¡así no!, ¡así!. ¡Imagínate! A mí, que tengo bailando salsa desde que era un crío. Nada. La chica me dijo que así no se podía bailar.”
La academia lo entorpece todo y la salsa y los bailes de salón no son la excepción a la regla. Los bailes populares del siglo pasado —que siempre fueron propiedad de todos— se encuentran en muchas latitudes secuestrados por una estructura de pequeños prestigios que se ejercen a través de organizaciones con nombres desternillantes. Se estudian los videos de grandes maestros (sólo conocidos por unos cuantos) y se practican los pasos en gimnasios llenos de espejos para mostrar los avances en reuniones de entendidos. Los bailes, que así han vuelto a su naturaleza marginal —pero esta vez de triste desuso— se mantienen en una precaria existencia, dentro del formol de ritos sectarios, y vuelven a ser noticia sólo cuando se organiza alrededor de éstos algo que es como la última declaración de su muerte: las competencias internacionales.
Creo que irse haciendo viejo es, entre otras cosas, ir acumulando sitios a los que uno no puede volver. Y para mí, la salsa y otros ritmos afroantillanos, o los espacios y momentos en que los disfruté, son quizás algunos de esos sitios (buscar el latido de una comunión tropical en un club de salsa en Budapest o en Liubliana es quizás como calzarse zapatos de dos colores para caminar por las calles y querer pensar que el mundo no se ha nublado nunca).
Crecí rodeado de toda la música del mundo. Mi generación en México escuchó rock, jazz, tango, ópera, raggae, country, folk, además de nuestra música nativa. El jazz, el rock, el raggae eran música que uno elegía para ayudar a definirse en la confusión de la juventud temprana; la música nativa, el mariachi, el son veracruzano, el son huasteco eran como hermanos que uno no alcanza a elegir, pero que ama profundamente; la música tropical en cambio era la prima de cintura avispada que aparecía cada tanto para hacer todo más bullicioso y digerible.
La escuché quizás por primera vez a través de puertas que escondían la intimidad de aquellas mujeres venidas del campo y que vestían turquesas y celestes los domingos por la tarde. Quizás también por primera vez, bajo su ritmo, vislumbré el enigma de la comunión una tarde en que trepado a un monumento público observe a cientos, quizás miles de estas mujeres y sus parejas bailar una cumbia bajo la luz naranja del atardecer.
Me alegra saber que otras personas están descubriendo su música, haciéndola viva, creando sus guiños y perfiles, sea el reaggetón, el house o el turbofolk. Yo ya no tengo la necesidad de encontrar la mía, ya la tuve, ya la viví. Me gusta revisitarla de vez en cuando, no de forma constante y periódica y no, de seguro, en esos museos que son los grupos de bailes de salón.
Me descorazona ver como algo que llaman temperamento se quiere adquirir como un producto. El temperamento existe en todas partes, pero sus matices y acentos particulares se configuran con los datos duros de la vida, no con prendas de vestir y pasos sistematizados. Hay ciertas alegrías que parten de muy particulares desgracias; quererlas reproducir en laboratorio sólo puede generar muecas tristes. Sobre todo es triste ver algo ligero, gozoso y “alivianador” convertido en un examen de pasos, en fuente de pedestres prestigios y pequeñas cuotas de poder; algo que nació para liberar, transformado en una estructura que constriñe, que ata, que excluye.
Tendríamos que abrir más espacios de baile libre donde los especialistas no tuvieran entrada. Y bailarlo todo. Y bailarlo de nuevo y con diferentes formas; donde las sonrisas no fueran como palmeras de cartón contra puertos de artificio pintados sobre una tela; donde pudiéramos bailar otra vez como aún a veces se anda en bicicleta; sin ir a ningún sitio, sin pensar en la distancia, ni medir el rendimiento. Sólo bailar contra el aire y volvernos a jugar el espíritu en un giro, y de pronto, abrir los ojos y reconocer a los otros y darnos cuenta que de alguna manera maravillosa, les está sucediendo lo mismo.
- Del francés chambellan. En las antiguas cortes era el noble que acompañaba y atendía al rey en su cámara. En el México del siglo XX es el o los acompañantes especiales designados de una quinceañera en su fiesta de “quince años”. [↩]
- La teatrical era una crema humectante producida en el país y cuya marca se sustantivaba [↩]
- Título de un bolero del compositor mexicano Gonzalo Curiel. [↩]
- Verso de la canción del mismo nombre que popularizó la Sonora Matancera. [↩]
- Verso de una canción popularizada por Sergio Mendes y su Brasil 66. [↩]
Escrito por Carlos Pascual
Acerca de Carlos Pascual, quien escribió este artículo
Carlos Pascual (Ciudad de México, 1964) estudió literatura, cine y teatro en su ciudad natal y en Los Angeles, California. Ha escrito y publicado poesía, ensayo y narrativa y ha escrito y dirigido teatro y cine. Para sobrevivir ha realizado todo tipo de trabajos: albañil en Boston, intendente en Los Angeles, traductor en Las Vegas, actor en una serie policíaca norteamericana y vicepresidente de una compañía financiera de Hong Kong. Reside en Ljubljana desde el 2008.
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{ 1 comentario… léelo aquí abajodeja el tuyo }
Me ecanto el articulo de ” Gozo por contagio ” , que maravillosa forma de describir a Mexico y sus diferencias con Eslovenia , yo tengo una amiga de Eslovenia que se caso con un Mexicano, ahora puedo entender mas el porque ella dejo su pais ( el cual conozco solo a traves de hermosas fotos ) , para vivir en Mexico, la descripcion de las ” muchachas ” me remonto a mi infancia , cuando mi abuela y madre tenian a su servicio lo que yo llamo ahora ” asistencia domestica ” , una de las “muchachas ” me contaba sus experiencias en el famoso ” California Dancing Club ” , de ahi salieron sus dos hijos , la descripcion que hace el autor de los tipos de baile , las bodas, los quince anios ,esta genial !! , asi como la importancia que dan las personas de Eslovenia a las ” medidas” , yo nunca pienso en metros o kilometros o distancias, simplemente disfruto mi entorno y lo que veo , creo que tambien tengo una mentalidad muy Mexicana ! Muchas Gracias Don Carlos Pascual por tan emotivo y bello escrito !!.